Hija de los cerros

No serás por siempre 

la nube que baja 

y desciende 

sobre la cumbre de un cerro. 

No estarás por siempre 

ajena a la inmensidad 

de un paisaje que conmueve. 

Encontrarás la fuerza 

en esos centinelas verdes, 

columnas silenciosas 

que abrigarán tus sueños. 

Raíces que se extienden 

de la tierra a los cielos. 

Guardianes de tu memoria, 

guiarán tus pasos más allá de toda sombra. 

Y como corazones de roca 

latirán al compás de los altos vientos. 

Susurrando, gritando, 

repitiéndose en eco, 

hasta que por fin escuches tu nombre, 

y comprendas que eres 

hija de los cerros.


Un umbral 

Escribir en la cocina, 

sentir el aroma de los verbos y los sustantivos, 

el sabor de los puntos y las comas 

cuando asumen, poco a poco, la forma deseada. 

Escribir en la habitación, 

contemplar desde la ventana 

el majestuoso cielo diurno, 

pintarlo de un gris sentir, 

y aún así… 

guardar la esperanza de encontrar 

en la noche cerrada una señal. 

Salvarme. 

Escribir en el patio 

bajo la sombra de una tristeza. 

Sentir, de momento, 

una pena que no tiene voz, 

pesa, me ahoga, 

no tiene dueño, 

es de todos, 

es solo mía. 

Escribir en el balcón 

palabras alas. 

Intentar volar. 
Ser feliz de a ratos. 

Escribir en las escaleras, 

peldaño a peldaño 

subir de las profundas aguas turbias. 

Salvarme. 

Escribir en el umbral de cada puerta, 

entre el silencio y la voz,
entre lo que duele y se hace canción, 

entre los recuerdos y el olvido. 

Escribir sin motivo aparente, 

escribir por todas las razones urgentes, 

descubrir el mundo exterior, 

revelar mi mundo interior, 

encontrar en la poesía 

el refugio 

en un instante.